




Montaña, sierra y bosque
del Pirineo más dulce
que se enamora del mar
hasta fundirse con las olas.
Refugio de tortugas, aguiluchos,
ermitas, dólmenes y menhires.
Cumbre de frontera,
la Albera traza los caminos
del adiós y de la bienvenida.





Omnipresente
desde cualquier rincón del Empordà
la montaña mágica alcanza su máxima dimensión
en invierno,
vestida de blanco como una novia.
Macizo cargado de magia
resguardo de brujas y hechizo,
monasterios y fragancias balsámicas.
El Canigó acopla las dos Cataluñas.





Daaaaaaaaaaaaalí
nació aquí
y aquí germinó el surrealismo.
Hijo del viento, de los sueños,
de la exageración sentimental y excéntrica,
être dieu, ¡genial!
Salvador no fue el único ni el primero.
Tampoco el último: en cada rincón de esta tierra
hay fantasía, ensueño, realidad sumergida.





Cap de Creus o el fin del mundo,
el finís terrae donde el mar enloquece
y la vida regresa al origen ancestral.
Accidentada península de naufragios,
formas fantasmagóricas,
refugio de piratas, fondos de coral.
La luz del faro
aparta el miedo y las tinieblas.
Es el primer lugar donde sale el sol.





He aquí el pequeño chalet alpino,
albergue del viajero
que busca cobijo, descanso, calor.
Un refugio de amor.
Ya puede llover, nevar, soplar el viento
o caer un sol de justicia.
En este alojamiento
el tiempo se suspende al propio gusto.
Para dormir como un angelito.





Viento del norte
frio y seco
amado y aborrecido
cuando sopla siete días sin parar.
Limpia el aire y el espíritu, ahuyenta los mosquitos,
excita la imaginación
y amenaza a los barcos con la zozobra.
La idiosincrasia ampurdanesa
es inseparable del vendaval.





Empordà virgen
donde se funden la tierra y el mar,
los campos y las lagunas.
Paraíso de aves y fauna salvaje,
para sentirse explorador.
Diez mil años atrás, o más,
llegaron aquí los primeros viajeros:
pájaros y anguilas que tras migrar sin tregua
hicieron escala y decidieron quedarse.





Madre de la oliva, del aceite,
de la dieta mediterránea,
de la salud.
Olivos nobles, milenarios,
hojas de plata, nerviosas, madera serena.
El árbol más civilizado.
En Garriguella
el molino es la escuela
del medio ambiente y la autenticidad.





Baco bien podría ser hijo de Garriguella
y haber nacido en septiembre,
cuando la vendimia excita este lugar.
Las uvas son las perlas,
y la botella, el collar.
La viña refleja la vida,
el sudor educa el campo.
El espíritu del vino, la sangre del hombre.
Saber beber es saber vivir.





Testudo hermanni hermanni,
o tortuga mediterránea, especie protegida.
En Garriguella, tortuga feliz.
El Centro Reproductor
garantiza larga vida a este género
que ya tiene un millón de años.
Cuando viajamos, todos quisiéramos
un caparazón protector,
llevar siempre el techo de casa.





Aves migratorias,
los primeros turistas por necesidad.
Las cigüeñas saben elegir la escala,
distinguen los mejores miradores
y, al año, repiten.
En los Aiguamolls de Castelló
son fieles y celosas de los estanques.
Vuelan con el pensamiento, anidan,
agitan las plumas y escriben un libro.
Situado en la Costa Brava, cerca de Figueres, de Roses, de Empuriabrava y de Peralada, el hotel restaurante la Plaça en Guarriguella
es un establecimiento donde podrá saborear la cocina francesa.